lunes, 20 de abril de 2020

Ella.

Se anestesiaba, cada tanto, con ese silencio absurdo que aunque no daba certezas auditivas, demostraba tenuemente la realidad que provocaba su agonía. Ella, siempre ella.
El pincel de su tristeza, su más profundo pesar. El recuerdo de su sonrisa con malicia obstruyendo su respiración, hundido en sollozos cada noche, arraigado al perfume de su piel ausente.
Escribiendo una carta para dejar atrás lo único que lo hacía sentir vivo, y muerto, al mismo tiempo.

- Ya no puedo, intenté hasta lo imposible para tenerte a mi lado y así tal vez, ser felices. Te amo, pero me debilitas, me absorbes. Me haces tanto daño cuando te vas, y siempre estás yéndote. Causando daño. No puedo olvidarte de un día para el otro, no puedo deshacer la ilusión de tus promesas. Tenerte duele, dejarte ir me mata.
No puedo amarte ni odiarte porque me arruina la vida.



La dejé ir, y lo dejé todo.
Ella me movía el mundo, lo movía todo. Eso terminó, ya no sé vivir.
Sin ella sólo trato de sobrevivir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Embolia.

Sufrimos nuestra relación como una embolia que obstruía nuestro amor propio, sumergidos en un océano de palabras que iban mucho más allá del...