domingo, 22 de marzo de 2020

Acostumbrados al dolor.

Estaba tan acostumbrada al dolor que me hice un huequito a tu lado, que me recordaba cada tanto, que no todo estaba bien. Que siempre había algo nuevo que coser, que enmendar, que sanar, que redimir. 
Estábamos los dos, al borde de algo estable, pero siempre en esa misma cornisa de la cual nos impedíamos, mutuamente, partir. Los acostumbrados al dolor, eso eramos. Nos hacía sentir vivos, eso que teníamos, que era frío. Porque "lo frío también quema". Lo llevábamos como lema, como justificativo para no aceptar que cada paso que dábamos de la mano, era insano.
La costumbre, ella siempre fue nuestra traba. El dolor, ese siempre fue nuestro problema.
Y ahí estábamos vos y yo, cada vez más irreconocibles. Cada vez más dañados. Cada vez más lejanos, a pesar de compartir el mismo espacio.
De cuerpos presentes y sentimientos ausentes.
Salté de la cornisa en el segundo verano, cuando la costumbre te absorbió y mi presencia te fue casi imperceptible. Me soltaste sin mucho trabajo, me despedíste con una mirada fría, que por supuesto me quemó.
Caí rota, quemada, muerta y sepultada de antemano. Caí con el peso de dos años de ocho inviernos completos junto a vos.
Al tocar fondo te ví en lo más alto, y mientras tanto trataba de discernir si en realidad salté yo o fuiste vos quien me empujó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Embolia.

Sufrimos nuestra relación como una embolia que obstruía nuestro amor propio, sumergidos en un océano de palabras que iban mucho más allá del...