jueves, 20 de septiembre de 2018

La última pandorga.

Ella trataba de mantener la cabeza lineal para poder encajar en la sociedad, detestaba la irresponsabilidad y la impuntualidad. Se dedicaba al estudio lo cual la llevó a renunciar a las cosas que la podían alegrar cuando estaba mal. Excepto un pasatiempo, hacer volar pandorgas en su tiempo libre. Pero claramente ese tiempo libre fue disminuyendo y se acostumbró a volar las pandorgas cada fin de semana, luego uno o dos domingos al mes.
Le gustaba hacerlo sola, sin nadie que pudiera molestar o interruptir ese momento tan especial. Le gustaban las pandorgas rojas, verlas llegar a lo alto del cielo pero sin perder el contacto con la tierra y la realidad a la que estaban aferradas.
Se identificaba con ellas, llegaban alto pero tenían en cuenta las caídas cada vez que el viento se iba. Que bien se sentía al ver lo alto que llegaban y soñando despierta, creyendo por unos minutos que podía tocar el cielo, que podía dejar la vida a la que estaba condenada. Los horarios de oficina, una vida estable junto a personas lineales.
Luego la vida real le hizo comprender que ya no había más tiempo que perder y decidió volar la última pandorga. El viento sopló y entre lágrimas entendió que así debía ser, aquel hilo que la conectaba con el cielo se deslizó entre sus dedos llevando las esperanzas muertas que albergaba en su corazón. Ella lo había entendido. "Ya no había tiempo que perder". No volvió a volar pandorgas, decidió volar ella mísma por el mundo, decidió volar ella sola.
Y se dejó ser. Sin perder su vida en una oficina


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