domingo, 29 de abril de 2018

En mi soledad.

El cielo estaba completamente despejado, podía notar aquel azul mientras miraba las estrellas. Una luz naranja de la calle chocaba contra mi piel. El viento mecía las palmeras y estas parecían danzar con el ritmo de las viejas baladas que provenían de un lugar desconocido. Mientras yo te pensaba.
Pensaba si quizás me estarías pensando también. Pero debía descartar ese pensamiento. Porque para vos olvidar siempre fue una tarea fácil.
Comenzaba a recordar esos ojos color café, esos labios, tu piel blanca, el aroma de tu cuerpo. Sacudí la cabeza para apartar esos recuerdos. Me miré las manos, no pude creer que alguna vez fueron besadas por vos y ahora se encontraban completamente solas.
Tu voz empezaba reproducirse en mi mente.
Volví a sacudir la cabeza, inútilmente. Porque te alojarías en mi mente durante algún tiempo.
Decidí entrar a mi habitación y descansar un poco. Cerré los ojos y volví a verte, te alejabas de mí nuevamente pero esta vez corrí detrás de vos porque no iba a dejar que te vayas otra vez. Cuando al fin te alcancé, te esfumaste.
Desperté con el corazón acelerado, ya no sabía como lidiar con tu ausencia. Volví a mirar el cielo, ese cielo tan profundo y afortunado que podía mirarte todo el tiempo. Y como todas las noches desde esa vez que decidíste ya no volver, le pedí al cielo que en donde quiera que estés pudieras estar bien, que tengas esa vida que siempre soñaste y en las distancias más oscuras poder volver a encontrarte. Algún día.
En mi soledad donde mis palabras ya no pueden llegarte.
Te amo, incluso más que a mí mísmo.
                                            

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Embolia.

Sufrimos nuestra relación como una embolia que obstruía nuestro amor propio, sumergidos en un océano de palabras que iban mucho más allá del...