sábado, 14 de abril de 2018

Sin querer.

Me dijíste que teníamos que hablar, que las cosas iban mal. Nos encontraríamos en la mísma cafetería de siempre.
Faltaban aún un par de cuadras para llegar y todo se sentía como la muerte, sentía que se derrumbaba todo lo que había construido.
Llegué, te miré y sentí que veía a la persona más hermosa que pudiese existír. Pero creí que quizás sería la última vez. Quizás.
Me saludáste con un simple abrazo que era capaz de hacerme pedazos y armarme nuevamente. Me dijíste que no podías seguir, que amabas pero estabas confundído.
Me impresioné a mi mísma cuando sentí a mi corazón en calma y decidído. Te dije que te amaba en realidad, que me bancaría tus problemas como siempre lo hice. Y me dí cuenta que nada era recíproco, que tus ojos estaban vacíos y los míos brillaban de tanto amor.
La palabra que esperaba salieron de tus labios; terminamos. Yo seguía en calma.
Acercaste tus labios a los míos, no debías haber hecho eso. Hoy dejame tener la razón, te supliqué. Volvíste a decirme que me amabas, volví a ver esos ojos vacíos y creerme tus palabras.
No debí haberte suplicado. Y aún seguís a mi lado.
Todo sin querer, sin quererte y sin quererme.

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